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AL DETALLE

Cinco siglos ante nuestros ojos

Borriquilla_1
Actualizado 09/04/2017 11:55:42
Redacción

  • Con acompañamiento de vítores, palmas y olivos, el ancestral paso de La Borriquilla refleja el espíritu participativo de la Semana Santa vallisoletana. Analizamos el valor histórico, artístico y confesional del paso más antiguo que se procesiona en la capital

Jesús Pinilla Martín

Es el palentino Francisco Giralte (1510-1576) quien, según todas las fuentes consultadas, y en especial en la opinión del profesor Parrado del Olmo, plasma en escultura -imaginería en terminología religiosa-, la escena de la “Entrada triunfal de Jesús en Jerusalén”, nombre fidedigno del vulgarmente conocido como paso de “La Borriquilla”. Se trata del más antiguo paso (1542-1550) de los que actualmente procesionan en la Semana de Pasión vallisoletana. Se adelanta así a otros no menos importantes, al menos en aceptación popular, confeccionados a lo largo del S.XVI, como el “Cristo de las Cinco Llagas” (Manuel Álvarez, 1548 a 1563), o la “Virgen de las Angustias” (Juan de Juni, 1561).

La escena, tan didáctica en la función última de adoctrinamiento del realismo religioso, pone corporeidad al relato literario de los Evangelios (sobre todo de San Mateo) y es heredera, como tantas otras iconografías plásticas de la época, de una tradición germana de Cristo montado en un asno, que ya se utiliza en la égida de la huida a Egipto, y que es reflejo de la prolija relación plástica (escultura y pintura) existente en aquella época entre la nobleza y la realeza hispana y flamenca, de la que tantos vestigios han sobrevivido en las tierras castellano- leonesas.

Escultóricamente hablando, el estilo del grupo puede ser considerado de carácter mixto, pues aúna volúmenes realizados con la técnica del papelón (ropajes) y otros bultos tallados y policromados sobre madera (cabezas, pies y manos) con telas añadidas sobrepuestas con fines decorativos y de protección de la intemperie, que sumados a las capas que los personajes tienden al paso de La Borriquilla y al acompañamiento en vivo del pueblo devoto (niños y adultos), nos aproxima a una participación coral y festiva de Domingo de Ramos, espontánea en su coreografía con vítores y algarabía de palmas y olivos, que podría incluso considerarse como una moderna performance.

La utilización de las capas alfombrando el piso y paso de la borriquilla triunfante tiene resonancias hispanas, cuyos símiles están incluso muy presentes en los gentiles actos de arrojar las capas, las ancestrales tunas estudiantiles o en los requiebros de la copla andaluza (“pisa morena, pisa con garbo, que un relicario te voy a hacer con el trocito de mi capote que haya pisado tan lindo pie”) en un acto similar de simbología de enaltecimiento y pleitesía hacia quien pisa. ¡Qué lejos la actitud del pueblo en Jerusalén, tan solo cinco días más tarde, donde los vítores se tornan en imprecaciones e insultos!

Así están dispuestas las esculturas

La disposición de los personajes del grupo escultórico responde a los principios compositivos de tipo piramidal, contemplado el grupo en alzada, donde la figura preeminente y vértice de la pirámide sería la cabeza de Cristo montado en la borriquilla, descendiendo los lados de la pirámide en las cotas de los personajes que acompañan el paso, y en avanzada y en plano más bajo, la cabeza de la borriquilla a la que sigue un pollino. Con esta disposición se garantiza la visión de conjunto en comitivas sin perder unidad compositiva desde el punto de vista de los devotos al paso de la imagen, a la vez que se realza la presencia principal de Cristo.

El grupo que nos ocupa se compone de la escultura de Cristo sobre la borriquilla, el pollino y tres figuras cuyos rostros revelan la influencia de Berruguete –cejas en ángulo, boca entreabierta y nariz fina- con anacrónicas vestimentas de jubón del Siglo XVI, que no se corresponden con los ropajes del Jerusalén del Siglo I. Los otros tres personajes, ataviados de túnicas y mantos, representan a los apóstoles acompañando a Cristo en su entrada triunfal.

Por contraposición a la técnica clásica de talla en madera, el “papelón” consiste fundamentalmente en modelar “en positivo” a partir de una estructura básica, habitualmente de madera, superponiendo volúmenes con lienzo impregnado en cola, que al secarse dota a las formas de una dureza que, sin llegar a competir con la de las tallas de madera, proporciona a la imaginería una perdurabilidad suficiente para los fines didáctico- devocionales que se pretenden. Los volúmenes de las figuras más proclives al deterioro solían realizarse en madera tallada, como en el caso que nos ocupa ocurre con las cabezas, pies y manos, policromadas al óleo.

Se trata de una imaginería similar a las llamadas “imágenes para vestir”, con la diferencia de que en estas, los ropajes no tienen carácter permanente, sino que se quitan y se ponen, incluso en algunos casos variando los citados ropajes, de ahí el dicho popular “para vestir santos” atribuible a las mujeres que se quedaban solteras y que se dedicaban en las iglesias a estos menesteres. Aunque la técnica del “papelón” resultaba de coste muy inferior a la de las imágenes talladas en madera, estas se van imponiendo desde finales del Siglo XVI debido a su mejor adaptación a soportar las inclemencias meteorológicas, y a medida que las cofradías incrementan sus posibilidades económicas.

Que el resultado final, desde el punto de vista de calidad artística, no haya suscitado grandes elogios entre los comentaristas es lógico, habida cuenta de que la técnica del “papelón” no permite grandes virtuosismos en detalle de verismo comparativo, y es justificable en una obra temprana de Giralte, pues las figuras están impregnadas de un exceso de envaramiento y rigidez, y no resisten la comparación con las obras de su maestro, Alonso Berruguete, ni siquiera con otras obras del propio Giralte, como el prodigioso retablo de la Capilla del Obispo Carvajal de Plasencia, en Madrid, ni con los sepulcros del Mausoleo de Pozas, de la Iglesia de San Pablo de Palencia.

Por otra parte, la crítica juzga apriorísticamente las cualidades naturalistas y sobre todo, la posibilidad de transmitir un sentimiento trágico, un pathos que el grupo de “La Borriquilla” no tiene. No obstante, el poder evocativo, la capacidad de suscitar emociones de una forma directa y naif, es evidente, y prueba de ello el poder de convocatoria y los elogios que el grupo genera entre niños y adultos el Domingo de Ramos por las calles de Valladolid.

En la retina y en el sentir del espectador de las procesiones de Viernes Santo, que haya contemplado con anterioridad la procesión de “La entrada triunfal de Jesús en Jerusalén”, siempre quedará el contraste negro sobre blanco entre el patetismo de la representación del Gólgota y el ingenuo acontecer victorioso de la Entrada en Jerusalén. Ciertamente se ratifica aquello de: “A Jesús en la borrica le subimos. De que llegue Viernes Santo, le escupimos”

Agradecimientos: José Luis Miguel, Cofradía de la Vera Cruz y Diego Arias valladolidcofrade.com
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